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Dice Rabindranath Tagore

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Rabindranath Tagore (1861 – 1941) fue un poeta bengalí, filósofo del movimiento Brahmo Samaj (posteriormente convertido al hinduismo), artista, dramaturgo, músico, novelista y autor de canciones. Fue premiado con el Premio Nobel de Literatura en 1913, convirtiéndose así en el primer laureado no europeo en obtener este reconocimiento. Creó una escuela experimental establecida según la tradicional estructura brahmacharya.  Hoy en día la institución es conocida como la Universidad Visva Bharati, bajo el control del gobierno indio.

Despedida que el poeta Rabindranath Tagore leyó a los niños de la escuela de Shantiniketan de la India pocos días antes de su muerte el 5 de agosto de 1941:

“En la creación de Dios, nada tiene fin. Todo lo que es verdadero, permanece. En el jardín de Dios, la flor abre y se marchita, pero cuando se marchita no es que se acaba; florece otra y otra vez. Las estaciones vienen, se van y vuelven, en su sucesión está la verdad. Así todas las relaciones reales, las felicidades ciertas, son continuas, no pasajeras. En su sucesión, no cesan verdaderamente.

Las obras del hombre tienen el estigma de la muerte porque la mayor parte de nuestras actividades carecen de sentido y porque nuestras energías las empleamos en abastecernos de cosas y placeres sin eternidad en el fondo. Es por eso que intentamos dar a todo, a fuerza de añadiduras, un aspecto de permanencia. El hombre, ansioso de prolongar el placer, intenta sólo sumar, tememos detenernos por miedo que algún día todo termine. Pero a la verdad no le importa ser pequeña, ni tiene ansia por llegar a un fin.

En la medida en que somos verdad, somos inmortales; y cuando estamos de parte de la verdad, estamos de parte de la inmortalidad. El hombre, al dar su vida a cambio de objetos sin sentido, la derrocha; y si hacemos de esas cosas sin sentido nuestra meta, entonces la vida será una vida de muerte.

En nuestro vivir diario nos encontramos con muchos hombres que pasan como sombras sobre nuestra vida; pero cuando nos encontramos en la verdad, todo es diferente. Nosotros nos hemos reunidos en el rincón de este pequeño jardín. Como yo, vosotros ansiáis la verdad. Todos somos niños que lloramos a oscuras por nuestra Madre Eterna, sin saber que ella está siempre con nosotros. Ignorantes que somos, creemos que estamos separados; pero cuando la lámpara se enciende, vemos que nuestra Madre no se ha movido.
Y bajo estos árboles, podemos llamar también con voces unidas a Él, al Padre, sabiendo que este es nuestro verdadero parentesco, el cual nunca podrá perderse, sino que seguirá hondo, en nuestras almas.
Entonces sabemos que somos hijos de la misma Madre y del mismo Padre y el grito: “!llévanos de lo irreal a lo real, de la oscuridad a la luz, de la muerte a lo permanente!”, sale de nuestras bocas. Esta oración nos recuerda que lo irreal son las diferencias y lo real es que somos uno.

Nuestro parentesco personal con este mundo comenzó en el amor. El amor de La Madre y El Padre nos trajo, nos envolvió y nos nutrió. Poco a poco podemos ver y entender que solo ese parentesco es el definitivo. Los objetos de nuestras pasiones son cosas destructivas, o sombras que hacen irreal la vida que se llena de ellas. Cuando nos encontramos a Dios, nuestra vida se perpetúa en la verdad. No tendrá en ella ese elemento de falsedad. Y es lo que hemos de recordar, y en ello tenemos el sentido de las palabras “!llévanos de lo irreal a lo real!”.

Al alimentarnos, nuestro cuerpo asimila el alimento y sigue adelante con su obra de creación. Si comemos polvo o cascajo, no nos creamos permanentemente, sino que nos destruimos permanentemente. La verdadera relación del hombre con el hombre es también creativa. Esta reunión nuestra, bajo estos árboles, será también creadora de nuestras vidas, y se hará cada vez más verdadera, cada día. Es cierto que, como la luz del día de Dios, todas nuestras energías pueden estar ocultas bajo el sudario de la oscuridad de la noche, por algún tiempo; pero la luz vuelve a vivir de nuevo. Así son las relaciones verdaderas y así permanecerán hasta el fin de nuestras vidas, sin perderse jamás. Irán creciendo y entrarán entonces en un proceso de creación y en la realización permanente en lo que ha de venir y que siempre está viniendo. Y yo le ofrezco a Dios mi oración para que Él nos lleve de lo vano a la verdad del amor: “!llévanos de lo irreal a lo real, de la oscuridad a la luz, de la muerte a lo permanente!”

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